EXPOSICIONES · 2011 · BOMBA! - Norbert Francis Attard
2011
 
 

BOMBA! - Norbert Francis Attard

del 10 marzo al 7 mayo

BOMBA!

La relación entre el sexo y la violencia ha sido objeto de un tratamiento académico continuo, a veces salaz y a menudo lascivo. En maltés, y sin duda en muchos otros idiomas también, Bomba! hace referencia a una bomba (destructiva) - es decir cosa – y una bomba sexual –es decir persona- . Esto es lenguaje coloquial. Pero el artista está explorando algo más, y es precisamente la peligrosa e inquietante estetización de la tecnología militar. Y lo explora a través de una curiosa y desafiante yuxtaposición con el encaje, un producto de su país natal. Comencemos por las obvias conexiones visuales: bomba o munición en forma de cono y pechos; el desliz visual entre el falo y los pechos; el sentido de humor escatológico e irónico (Bombs Away!) repetido en los mensajes escritos en las bombas lanzadas de aviones; la feminización de aviones con sus modelos pin-up en la II Guerra Mundial, etcétera. Pero también hay otros temas: la construcción cristalizada, casi como si fuera de diamante, de un moderno avión de caza – que recuerda tanto a la intensa compresión interior geológica que crea diamantes, como a las bombas exteriores de racimo que destroza la vulnerable carne, los cuerpos y las vidas; y los aviones con `radares´ donde las siluetas son estetizadas y hechas de forma parecida al encaje.

Se ha mostrado a menudo que la Guerra moderna anestesia y despersonaliza mediante la distancia (física) que existe entre el agresor y la víctima, y por la alta tecnología que se utiliza tanto para repartir destrucción como para registrarlo y controlarlo. Con este giro se podría argumentar que la esencia del asesinato, que – según ciertos psicoanalistas feministas radicales – es sexual por naturaleza, también se haya vuelto re-erotizada. Antes que el acto físico de matar, es el “reparto”, la tecnología en sí misma que hoy en día está siendo erotizada y fetichizada. Está claro que a lo largo de la historia, las armas siempre hayan sido erotizadas, pero hay algo en la naturaleza de la Guerra moderna y contemporánea en que el espectáculo de un arma y su erotización se vuelve especialmente decisivo mediante las posibilidades prácticamente infinitas que ofrece la tecnología. Observen los populares despliegues y exhibiciones militares aéreos que atraen a millares de espectadores. No sólo dirigidos a expertos en armamento y defensa, estos despliegues se han convertido en verdaderos espectáculos para la proyección del poder nacional estatal y de la propia tecnología como un objeto mágico y casi erótico. Aviones militares se vuelven casi “femeninos” en el modo en que el uso de motores de propulsión variables los permite desplomarse a medio cielo, arquear sus vuelos en lo que parece una erótica “danza del vientre” frente al público maravillado.
Es la conexión entre la alta tecnología y su potencial de destrucción masiva que distingue estos despliegues de las Carreras Aéreas y exhibiciones aéreas civiles, que son altamente regulados, casi macho, y el equivalente aéreo a las carreras de coches Formula Uno. Observen también el contraste entre los despliegues de aviones militares abiertos a un admirante público, y los aeropuertos cerrados, vigilados, cercados por verjas de alambre y herméticamente sellados de los que despegan cuando son empleados para asuntos de muerte, y de los que los civiles (incluso los mismos paisanos) son excluidos como enemigo potencial.

Si las armas – en este caso aviones militares – son re-erotizadas, el artista está haciendo con ellos algo más como representación y artefacto. Los yuxtapone con el encaje, lo que a algunos observadores puede parecer inesperado, incluso inquietante, y desde luego en contra de toda lógica. Pero hay algo en esta yuxtaposición o incluso mezcla, que es capaz de producir unos resultados sorprendentes, incluso una nueva y más profunda comprensión. Para empezar, los dos son objetos de poder y de fetichización. El encaje era un símbolo de poder y de prestigio, y aparecía en los retratos de la nobleza y la alta cuna, principales referentes de poder político. En algunos casos se asoma debajo de una armadura, feminizando a los hombres y vigorizando a las mujeres, especialmente mediante el collar alto de encaje y los velos para cubrir el cabello que conocemos del arte clásico europeo. Las mujeres hacían encaje como símbolo de su virtud. También puede verse como una metáfora de la determinación y la planificación, porque los patrones eran muy complejos e implicaban un fuerte y constante control, visualización y repetición – en muchas maneras del mismo modo en que la inspección aérea de territorio requiere un examen visual detallado y riguroso. El proceso de examinar el encaje es el mismo que estudiar fotografías aéreas de reconocimiento; únicamente la escala es diferente, un hecho que es negado por el proceso de examinar algo en sí, ya que obliga el ojo a que se acerque al objeto. Los dos son piezas de una estricta precisión, coordinación y planificación. Ni siquiera son necesariamente opuestos, es decir “estético” versus “funcional”. Las armas tuvieron elementos estéticos también; se decoraban, grababan y elaboraban las armaduras; los aviones militares se pintan en colores vivos, especialmente para los espectáculos aéreos.

Podemos continuar con las similitudes que son diferentes y las diferencias que son similares. El encaje empieza siendo suave y maleable con materiales naturales, pero termina siendo rígido: en collares y vestidos etc. El avión militar empieza siendo duro e inflexible, de materiales y metales de alta tecnología, pero termina siendo flexible en el vuelo por la tensión y deformación producida bajo altas fuerzas de gravedad. Los mismos patrones del encaje son diseñados para destacar sobre otros tejidos; el objetivo del avión militar es que sea tecnológicamente invisible (como los cazas Stealth), para en resumidas cuentas poder caer a través de los agujeros de nuestra percepción, es decir, como el encaje, etéreo, invisible. El artista ha conseguido esto muy hábilmente en sus siluetas.

De esta manera, el encaje y el avión militar hacen una combinación improbable pero provocativa. Pero sospecho que la lectura oculta de esta exposición versa sobre la fetichización y la re-erotización, dos complejos procesos que hacen que el deseo se vuelva oscuro, y lo oscuro deseable. La alta tecnología siempre fue ambivalente –una fuerza del bien y del mal. Los objetos en sí mismos no son negativos; depende del uso que se les dé – cierto, una obviedad, pero debemos recordarlo. En efecto, ¿no será que los seres humanos a menudo no podemos afrontar este hecho, y que fetichizamos y erotizamos en un intento de controlar, atraer, dominar y ocultar a nosotros mismos los lugares sombríos de nuestros detestables potenciales?

Paul Sant Cassia
Profesor de Antropología, Universidad de Malta
Miembro Honorario de Investigación, Universidad de Durham, GB

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